La poetisa piriapolense Elena Escalada vuelve a emocionar con su pluma al dedicar un nuevo poema a Francisca, la elefanta marina que nació en Piriápolis el pasado 11 de octubre, acontecimiento considerado la noticia del año en la ciudad. El texto forma parte de su libro “La historia más bonita del mundo”, donde relata los pormenores del nacimiento de Francisca y su madre Alma, y aprovecha la ocasión para enviar un mensaje de Navidad a los lectores de Semanario La Prensa.
En sus palabras, Escalada transmite buenos deseos, paz y agradecimiento, recordando especialmente a quienes atraviesan momentos difíciles: “Ojalá que quienes cargan cansancio, dolor o incertidumbre puedan sentir alivio. Vivimos tiempos de mucha transición, y más que nunca necesitamos gestos de humanidad y cuidado”.
La escritora también hizo un llamado a dejar atrás la pirotecnia, por el daño que provoca en las personas, los animales y el medio ambiente, y reafirmó su compromiso con la defensa del mar: “Un mar que no se negocia y que hoy está en tela de juicio. No a la prospección sísmica. Sí a mares libres de petroleras”.

El poema: “Francisca no se ha ido. Y llega la Navidad”
En este nuevo escrito, Escalada entrelaza la magia de la Navidad con la historia de Francisca, evocando la esperanza y la unión que despertó su llegada:
“En medio de ese contraste apareció Francisca. Y su llegada fue un milagro silencioso. Porque sin pedir nada, nos reunió. Nos hizo mirarnos, detenernos, sentir”.
El poema recorre sentimientos de ausencia y fragilidad, pero también de cuidado, amor y esperanza, deseando que la estrella de Belén guíe a Francisca hacia su madre y sus pares, y que esa misma luz acompañe a la comunidad en esta Nochebuena.
Con este gesto, Elena Escalada reafirma el poder de la poesía como puente de empatía y conciencia colectiva, invitando a que esta Navidad nos encuentre “más conscientes, más empáticos y más unidos”.
Francisca no se ha ido. Y llega la Navidad.
Para muchos es tiempo de mesas llenas, risas y abrazos.
Pero también es una fecha que, para otros, vuelve más visible la ausencia:
la silla vacía, el nombre que no se pronuncia,
la soledad que duele un poco más cuando todo parece festejo.
En medio de ese contraste apareció Francisca.
Y su llegada fue un milagro silencioso.
Porque sin pedir nada, nos reunió.
Nos hizo mirarnos, detenernos, sentir.
Nos recordó que incluso en los momentos más frágiles
siempre hay algo que puede sostenernos.
Su historia cruzó fronteras y corazones
porque habló de lo que todos conocemos:
del cuidado, del amor, de la pérdida
y de la esperanza que insiste, aun cuando el duelo está presente.
Esta Navidad, el deseo es uno:
que la estrella de Belén la guíe de regreso a casa,
hacia su mamá, hacia sus pares,
y que nunca pierda las ganas de volver a su orilla.
Y que esa misma estrella nos guíe también a nosotros.
Que nos acerque a la paz.
Que al corazón que hoy duele
le llegue el alivio en esta Nochebuena.
Porque sí…
Francisca, como los hijos y como todos los grandes amores,
un día se van.
Pero lo que despiertan en nosotros —la empatía, la unión, la luz—
permanece.
Y quizá, en eso,
también viva un milagro de Navidad. ⭐




































